domingo, 4 de febrero de 2018

Le he declarado la guerra a Dios

A veces pienso que, si dios existiera, me odia. Me odia tanto que ha bloqueado mi paso por la vida. Quise ser bombera, entonces dios me obsequió la ansiedad y el pánico. Quise ser la mejor en todos los aspectos de mi vida, entonces dios me obsequió el miedo a la gente, el miedo a tocar timbres y el miedo a llamar por teléfono. Quise tener amigos, entonces dios me obsequió una personalidad agresiva y pasional, que hace berrinches de niño cuando no consigue lo que quiere, solo porque así es como expreso mi furia: Destruyendo todo lo creado, insultando y golpeando cosas a mi alrededor. Quise ser escritora, entonces dios me obsequió una imaginación hecha para lo visual, en donde las escenas ocurrían en mi cabeza, pero con mi talento bueno para escribir no se podían traspasar al papel. Debía de tener un talento extraordinario.



Dios no quiere que logre ninguna de mis metas. Y si por él fuera, ahorita estaría gastando grafito en un dibujo de mierda, muriéndome de hambre y amargada con la vida, porque a pesar de que dibujo bien, la gente que me conoce sabe cuando detesto esta habilidad, y que si pudiera intercambiar mi dibujo por un caramelo de limón, lo haría.

Pero dios siempre tuvo júbilo en verme caer. En verme destruir mis pocas historietas en mi furia aniñada contra el Universo.

Por eso no creo en dios. Porque todas las mañanas, me tengo que enfrentar a él. Me tengo que enfrentar a la naturaleza que me creó, si es que pudiera crear una naturaleza, y hacerle el pare de inmediato, antes de que ceda a sus peticiones de hacer "lo que el destino quiere para mí".

Bueno, sucede que yo no quiero ese "destino". No quiero confiar en mi talento. Soy una persona normal, y ninguno de mis talentos es particularmente sobresaliente, como es el caso de más del 99% de las personas.

Eso pasa en un mundo plagado de políticas económicas liberales: Todos son tan positivos con la condición del ser humano, que creen que solo queriendo y esforzándose, se puede lograr todo.

Me opongo a ese pensamiento, y me opongo porque yo existo. Me opongo porque la naturaleza es horrible y el ser humano es solo un insignificante punto en este océano de puntos llamado Universo. El día en que se muere un ser humano, solo significa algo para los puntos más cercanos, pero el mundo sigue rotando, la Tierra se sigue trasladando y todo continúa.

En resumen, solo somos una mera existencia.

Y no hay problema, así debería de ser.

Pero, si somos una mera existencia, ¿por qué debería yo de levantarme todos los días? ¿Acaso no lograría mi propósito de existencia en la vida solo por el mero hecho de existir?

Sucede que creo en otra cosa mucho más importante: Creo en sueños, creo en pasiones y creo en amores algo turbulentos.

Mi mente a veces figura cosas, y yo no duermo en paz hasta verlo hecho realidad. La vida es un carro, y su gasolina se llama pasión, su GPS se llama sueño y el conductor tiene que sentir amor por aquel destino que vislumbra en s cabeza.

No creo en querer las cosas lo suficiente y reventarme el lomo todos los días trabajando por ello. Mi sueño es ser polimata, lo tengo en mente desde que era niña. ¿Y acaso hasta ahora se ha cumplido? Conozco gente muchísimo más conocedora que yo porque tienen una mente más asombrosa que la mía con la cual pueden retener información.

Pero ya hace un tiempo me dejé de preocupar en ello. Dios otra vez hizo su jugada: No me dió ningún talento para ser polimata, y soy una persona con una capacidad cerebral regular para buena.

¿Y qué?

¿Acaso dios va a dictar mi vida?

No me rebelé ante él para que sus huevadas del destino rigieran mi mente.

A veces me duermo mientras leo libros o redacto cosas. A veces prefiero gastarme la vida leyendo relatos adolescentes homosexuales en vez de leer cosas que pudieran contribuir a mi polimatía futura. Pero hallo estas actividades increíblemente beneficiosas en algún punto en la vida. Mis sueños me permiten vislumbrar y ser imaginativa al respecto, una cualidad que si tengo. Y mis lecturas adolescentes permiten que la llama de la pasión siga en mi mente, porque, ¿qué mejor fuente de pasión que las ilusiones adolescentes de una chibola?

No pienso trabajar duro en ser polimata, porque el camino es larguísimo. Pienso trabajar duro para ir a los puntos que mi instinto me dicta. Trabajar duro por dos semanas para los objetivos a corto plazo.

Y quizá, cuando sea anciana, pueda ver como los puntos se conectan, y quizá pueda decir que, contra viento y marea, contra Dios, me volví polimata.

No lo considero un calvario. El camino me emociona, llegar a puntos me da ánimos, y la vida me está enseñando que se le puede ganar a dios.

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